R A S A B A D Ú

miércoles, junio 06, 2012:


EL VIENTO
(Ray Bradbury, 22 de agosto de 1920 -- 5 de junio de 2012. De los primeros cuentos que leí de Ray fue éste, y aún paladero en mi memoria su regusto siniestro).

Título Original: The Wind. © 1943



El teléfono llamó a las cinco y media de aquella tarde. Era diciembre, y ya había oscurecido. Thompson tomó el teléfono.


—Hola.
—Hola, ¿Herb?
—Oh, eres tú, Allin.
—¿Está tu mujer en casa, Herb?
—Claro, ¿por qué?
—Maldición.

Herb Thompson sostuvo serenamente el receptor.

—¿Qué ocurre? Tienes una voz rara.
—Quiero que vengas aquí esta noche.
—Tenemos visitas.
—Quiero que pases aquí la noche. ¿Cuándo se va tu mujer?
—La semana próxima —dijo Thompson—. Estará en Ohio unos nueve días. Tiene la madre enferma. Podría ir entonces.
—Desearía que vinieras hoy.
—Ojalá pudiera. Visitas y todo, mi mujer me mataría.
—Desearía que vinieras.
—¿Qué pasa? ¿El viento de nuevo?
—Oh, no. No.
—¿Es el viento? —preguntó Thompson.

La voz titubeó en el teléfono.

—Sí. Sí, es el viento.
—La noche es clara, no hay mucho viento.
—Hay bastante. Entra por la ventana y mueve un poco las cortinas. Lo suficiente para que me dé cuenta.
—Mira, ¿por qué no vienes y pasas la noche aquí? —dijo Herb Thompson paseando los ojos por la sala iluminada.
—Oh, no. Es demasiado tarde, y puede alcanzarme en el camino. Estás muy lejos. No me atrevo, pero gracias de todos modos. Son cincuenta kilómetros, gracias.
—Tómate una píldora para dormir.
—Me he pasado toda la última hora en la puerta, Herb. Llegué a ver que está alzándose en el oeste. Hay algunas nubes allá y vi que una de ellas se rompía o algo parecido. Un viento que viene, no hay duda.
—Bueno, tómate una buena pastilla para dormir. Y llámame cuando se te antoje. Más tarde esta noche si quieres.
—¿A cualquier hora?
—Por supuesto.
—Lo haré, pero desearía que pudieses salir. Aunque no quiero que te pase nada. Eres mi mejor amigo y no quisiera eso para ti. Quizá sea mejor que lo enfrente solo. Lamento haberte molestado.
—Por favor, ¿para qué está un amigo? Te diré qué puedes hacer. Siéntate y escribe algo esta noche —dijo Herb Thompson, apoyándose ya en un pie ya en el otro—. Olvídate del Himalaya y el Valle de los Vientos y esta preocupación tuya a propósito de los huracanes y las tormentas. Termina otro capítulo de ese libro.
—Tendría que intentarlo. Quizá lo haga, no lo sé. Quizá lo haga. Tendría que intentarlo. Muchas gracias por permitirme que te aburra de nuevo.
—Vete al diablo. Y ahora corta. Mi mujer me llama a cenar.

Herb Thompson colgó.

Fue al comedor y se sentó a cenar y su mujer se sentó enfrente.

—¿Era Allin? —preguntó. Thompson asintió—. Allin y sus vientos: vientos que soplan hacia arriba y hacia abajo, y vientos calientes y vientos fríos —dijo la mujer alcanzándole a Thompson un plato colmado de comida.
—Las pasó mal en los Himalaya, durante la guerra —dijo Herb Thompson.
—No creerás lo que dice acerca de ese valle, ¿no es cierto?
—Es una buena historia.
—Escalando aquí y allá, escalando por todas partes. ¿Por qué escalarán montañas los hombres, asustándose a sí mismos?
—Estaba nevando —dijo Herb Thompson.
—¿De veras?
—Y llovía y granizaba y soplaba el viento, todo al mismo tiempo, en ese valle. Allin me lo contó una docena de veces. Lo cuenta bien. Estaba muy arriba. Nubes, y todo. De pronto llegó un sonido del valle.
—Apuesto que sí —dijo la mujer.
—Como muchos juntos, en vez de uno. Vientos de todo el mundo. —Thompson se llevó un bocado a la boca—. Así dice Allin.
—Ante todo no tenía que haber ido allí a mirar —dijo la mujer—. Empiezas por espiar y en seguida te vienen ideas raras a la cabeza. Los vientos se enojan por haberte metido donde no te llaman, y luego te persiguen.
—No te burles, es mi mejor amigo —soltó Herb Thompson.
—¡Todo es tan tonto!
—Sin embargo, las ha pasado malas. Aquella tormenta de Bombay, poco después, y el tifón de Nueva Guinea dos meses más tarde. Y aquella vez en Cornwall.
—No siento simpatía por un hombre que se pasa la vida metiéndose en tormentas y huracanes, y luego desarrolla un complejo de persecución.

En ese momento sonó el teléfono.

—No contestes —dijo la mujer.
—Quizá es importante.
—Es sólo Allin, de nuevo.

Se quedaron sentados y el timbre del teléfono sonó nueve veces. Al fin el aparato calló. Thompson y su mujer terminaron de cenar. En la cocina una leve brisa movió las cortinas de la ventana.

El teléfono sonó otra vez.

—No puedo dejar que suene y suene —dijo Thompson, y contestó—: Oh, hola, Allin.
—¡Herb! ¡Está aquí! ¡Ha llegado!
—Estás demasiado cerca del teléfono, retrocede un poco.
—Yo estaba en la puerta, esperándolo. Lo vi venir por la carretera, moviendo todos los árboles, uno a uno, hasta que sacudió los árboles junto a la casa y al fin se encaminó hacia mí, ¡y le cerré la puerta en las narices!

Thompson no dijo nada. No se le ocurría qué decir. La señora Thompson lo miraba desde la puerta de la sala.

—Qué interesante —dijo Thompson al fin.
—Ha rodeado la casa, Herb. No puedo salir ahora, no puedo hacer nada. Pero lo engañé, le dejé pensar que me tenía, y cuando se lanzó hacia mí, ¡cerré de un portazo y eché la llave! Estaba preparado, he estado preparándome durante semanas.

Thompson sintió que la transpiración le mojaba el cuello. Bromeó jovialmente en el teléfono mientras su mujer lo miraba.

—Ajá, cuéntame, Allin, mi viejo.
—Comenzó hace seis semanas...
—Ah, ¿sí? Bueno, bueno.
—... pensé que lo había vencido. Pensé que había abandonado la idea de seguirme y de alcanzarme. Pero estaba esperando. Hace seis semanas oí que el viento se reía y murmuraba alrededor de la casa, ahí afuera. Durante casi una hora, no mucho tiempo, no muy fuerte. Luego se fue.

Thompson asintió en el teléfono.

—Me alegra oírlo, me alegra oírlo.

La señora Thompson no le sacaba los ojos de encima.

—Volvió, la noche siguiente. Golpeó las persianas, y volaron chispas en la chimenea. Vino cinco noches seguidas, cada vez un poco más fuerte. Cuando abrí la puerta de calle, entró y trató de llevarme afuera, pero no tenía bastante fuerza. Hoy, sí.
—Me alegra oír que te sientes mejor —dijo Thompson.
—No estoy mejor, ¿qué te pasa? ¿Tu mujer está escuchando?
—Sí.
—Oh, entiendo. Sé que parezco un loco.
—De ningún modo. Adelante.

La mujer de Thompson volvió a la cocina. Thomp­son, más tranquilo ahora, se sentó en una silla junto al teléfono.

—Adelante, Allin, dímelo todo, dormirás mejor.
—Está alrededor de la casa ahora, como una enorme máquina neumática, husmeando todas las paredes, y golpeando los árboles.
—Es raro, no hay viento aquí, Allin.
—Claro que no, no se preocupa por ti, sólo por mí.
—Supongo que eso es una explicación.
—Es un asesino, Herb, el mayor y más condenado de los asesinos prehistóricos entre los cazadores de presas. Un enorme sabueso que trata de husmearme. Aprieta la nariz fría contra la casa, aspirando aire, y cuando me encuentra en el vestíbulo aumenta allí la presión, y cuando estoy en la cocina va allí. Está tratando de abrir las ventanas ahora, pero las he reforzado y he puesto bisagras nuevas en las puertas, y cerrojos. Es una casa fuerte. Las construían fuertes en otros tiempos. Tengo encendidas todas las luces ahora. La casa está toda iluminada, brillante. El viento me siguió de cuarto en cuarto, mirando por las ventanas, mientras yo iba encendiendo las luces. ¡Oh!
—¿Qué ocurre?
—¡Acaba de arrancar la puerta de alambre del frente!
—Sería mejor que vinieras y pasaras aquí la noche, Allin.
—¡No puedo! Dios, no puedo salir. No puedo hacer nada. Conozco este viento. Señor, es enorme, y es inteligente. Traté de encender un cigarrillo hace un momento, y una brisa me apagó la cerilla. Al viento le gusta jugar, le gusta burlarse de mí, se está tomando su tiempo; dispone de toda la noche. ¡Y ahora! Dios, en este instante, uno de mis viejos libros de viajes, en la mesa de la biblioteca me gustaría que pudieses verlo. Una brisa que viene sabe Dios de qué agujero de la casa, la brisa... está pasando las página una a una. Me gustaría que pudieses verlo. Ahí está la introducción. ¿Recuerdas la introducción a mi libro sobre el Tíbet, Herb?
—Sí.
—«Este libro está dedicado a todos aquellos que perdieron la partida de los elementos. El autor es alguien que ha visto, pero que siempre ha escapado.»
—Sí, recuerdo.
—¡Se apagaron las luces!

Un crujido en el teléfono.

—Las líneas eléctricas se han venido abajo. ¿Estás ahí, Herb?
—Todavía te oigo.
—Al viento no le gusta tanta luz en mi casa, tiró abajo las líneas. Luego seguirá el teléfono, seguro. Oh, es una verdadera fiesta, yo y el viento, créeme. Un momento.
—¿Allin? —Silencio. Herb se apoyó contra el tubo. Su mujer le lanzó una mirada desde la cocina. Herb Thompson esperó—. ¿Allin?
—Estoy de vuelta —dijo la voz en el teléfono—. Venía una ráfaga de la puerta y he puesto unos trapos abajo para que no me soplara más en los pies. Ahora me alegra que no hayas venido, Herb, no quiero verte metido en esto. ¡Ahí está! ¡Acaba de romper una ventana de la sala y una verdadera ráfaga recorre ahora la casa arrancando cuadros de las paredes! ¿Oyes?

Herb Thompson escuchó. Había una sirena enloque­cida en el teléfono, y un silbido y golpes. Allin gritaba.

—¿Oyes?

Herb sintió un nudo en la garganta.

—Oigo.
—Me quiere vivo, Herb. No le interesa derribar la casa de un solo golpe. Eso me mataría. Me quiere vivo, así podrá arrancarme la carne a pedazos, dedo a dedo. Quiere lo que está adentro de mí. La mente, el cerebro. Quiere el poder que anima la vida, mi fuerza psíquica, mi ego. Quiere llevarse el intelecto.
—Me llama mi mujer, Allin. Tengo que ir a secar los platos.
—Es una enorme nube de vapores, vientos de todo el mundo. El mismo viento que destrozó las Célebes hace un año, el mismo pampero que mata en la Argentina, el tifón que se alimenta en Hawai, el huracán que golpeó la costa de África a principios de este año. Es parte de todas esas tormentas de las que conseguí escapar. Me siguió desde los Himalaya porque no quiere que yo sepa lo que se acerca del Valle de los Vientos donde se junta y prepara destrucciones. Algo, hace mucho tiempo, le dio un principio de vida. Sé dónde se alimenta, sé dónde nace y también dónde mueren unas partes del viento. Me odia por ese motivo, y odia mis libros que cuentan cómo es posible derrotarlo. No quiere que yo continúe mi prédica. Quiere incorporarme a su cuerpo enorme, que le dé conocimiento. ¡Quiere que me ponga de su lado!
—Tengo que colgar, Allin, mi mujer...
—¿Qué? —Una pausa, el sonido del viento en el teléfono, distante—. ¿Qué dijiste?
—Llámame dentro de una hora.

Herb Thompson colgó.

Fue a secar los platos. La señora Thompson lo mi­raba y él miraba los platos, frotándolos con un repa­sador.

—¿Cómo está la noche afuera? —preguntó.
—Buena. No muy fría. Estrellada —dijo la mujer—. ¿Por qué?
—Por nada.

El teléfono sonó tres veces en la próxima hora. A las ocho llegaron las visitas. Stoddard y su mujer. Estu­vieron sentados y hablando hasta las ocho y media y luego se levantaron y prepararon la mesa de juego y empezaron a jugar.

Herb Thompson barajó una y otra vez, y durante un rato sólo se oyó el repiqueteo sordo de los naipes. Al fin Thompson repartió las cartas y la conversación fue y vino. Thompson encendió un cigarro que fue transformándose en la punta en una fina ceniza gris, y arregló las cartas que tenía en la mano. De cuando en cuando levantaba la cabeza y escuchaba. Fuera de la casa no se oía ningún ruido. La señora Thompson lo descubrió escuchando, y Herb bajó en seguida la cabeza y descartó una sota de bastos.

Todos siguieron hablando, distraídos, con ocasio­nales explosiones de risa, y Herb Thompson fumó des­pacio el cigarro, y el carillón del reloj de la sala dio dulcemente las nueve.

—Aquí estás —dijo Herb Thompson sacándose el cigarro de la boca y mirándolo con aire reflexivo—. Y la vida es rara de veras.
—¿Eh? —dijo el señor Stoddard.
—Nada, excepto que aquí estamos, viviendo nuestras vidas, y en algún otro sitio de la tierra un billón de personas vive también sus vidas.
—Una observación bastante obvia.
—La vida —dijo Thompson poniéndose otra vez el cigarro en la boca— es soledad. Aun la gente casada está sola. A veces uno está en los brazos de alguien y se siente a un millón de kilómetros.
—Eso me gusta —dijo la señora Thompson.
—No entendiste —explicó Thompson, sin apresurarse, pues no se sentía culpable, y se tomó su tiempo—. Quiero decir que todos creemos lo que creemos y vivimos nuestras pequeñas vidas mientras otras gentes viven otras del todo distintas. Quiero decir: estamos sentados aquí en esta sala mientras mil personas están muriéndose. Algunas de cáncer, algunas de neumonía, algunas de tuberculosis. Imagino que alguien de los Estados Unidos está muriéndose justo en este momento en un auto destrozado.
—No es una conversación muy estimulante —dijo la mujer de Thompson.
—Hablo del hecho que todos vivimos y no pensamos cómo piensan los otros o cómo viven sus vidas. Esperamos a que la muerte llegue a nosotros, y así ocurre que estamos aquí sentados, sobre unas puntas de hueso, bien protegidas, mientras que a cincuenta kilómetros, en un viejo caserón, completamente rodeado por la noche y Dios sabe qué, uno de los hombres más estupendos que yo haya conocido...
—¡Herb!

Herb Thompson chupó y masticó el cigarro y miró ciegamente las cartas.

—Lo siento. —Parpadeó rápidamente y mordió el cigarro—. ¿Me toca a mí?
—Te toca a ti.

El juego siguió alrededor de la mesa, con un re­voloteo de naipes, murmullos, conversaciones. Herb Thompson se hundió en la silla, cada vez más pálido.

Sonó el teléfono. Thompson saltó y corrió y alzó bruscamente el tubo.

—¡Herb! He estado llamando y llamando. ¿Cómo andan ahí las cosas?
—No entiendo. ¿Cómo esperas que anden?
—¿Han llegado las visitas?
—Demonios, sí, han...
—¿Están todos hablando y riendo y jugando a las cartas?
—Cristo, sí, pero qué relación tiene...
—¿Estás tú fumando tu cigarro de diez centavos?
—Maldición, sí, pero...
—Magnífico —dijo la voz en el teléfono—. De veras magnífico. Me gustaría estar ahí. Me gustaría no saber ahora las cosas que sé. Son muchas las cosas que me gustarían.
—¿Estás bien?
—Bien hasta ahora. Estoy encerrado en la cocina. Una parte de la pared de adelante ya se vino abajo. Pero he planeado mi retirada. Cuando ceda la puerta de la cocina, me iré al sótano. Si tengo suerte aguantaré ahí hasta mañana. Tendrá que tirar abajo toda la maldita casa antes de alcanzarme, y el piso del sótano es muy sólido. Tengo una pala, y podría cavar más hondo...

En el teléfono se oyó el sonido de otras muchas voces.

—¿Qué es eso? —preguntó Herb Thompson, helado, temblando.
—¿Eso? —preguntó la voz en el teléfono—. Eso son las voces de doce mil que murieron en un tifón, siete mil que murieron en un huracán, tres mil enterrados en un ciclón. ¿Estoy aburriéndote? Eso es el viento: mucha gente muerta. El viento los mató, les sacó las mentes para darse inteligencia a sí mismo. Les sacó todas las voces y las cambió en una sola voz. Todos los millones de hombres que murieron por el viento en los últimos diez mil años, torturados y llevados de continente a continente, en las espaldas y los vientres de monzones y torbellinos. ¡Oh, Cristo, qué poema podría escribirse!

En el teléfono resonaron los ecos de voces, gritos y gemidos.

—Ven aquí, Herb —dijo la señora Thompson desde la mesa de juego.
—Así es como el viento es más inteligente cada año, añadiéndose cuerpos, vidas, muertes.
—Te estamos esperando, Herb —dijo la mujer.
—¡Maldita sea! —Herb Thompson se volvió, casi mostrando los dientes—. ¿Espera un momento, quieres? —De vuelta al teléfono—: Allin, si deseas que vaya ahora, saldré en seguida. Debiera haber ido más temprano...
—Ni lo pienses. Es una pelea a muerte, no quiero tenerte aquí. Sería mejor que colgara. La puerta de la cocina no tiene buen aspecto. Tendré que irme al sótano.
—Llámame más tarde.
—Quizá, si tengo suerte. No creo que salga de ésta. He escapado muchas veces, pero parece que ahora es el fin. Espero no haberte molestado demasiado, Herb.
—No molestaste a nadie, maldita sea. Llámame de nuevo.
—Trataré...

Herb Thompson volvió a la mesa de juego. La señora Thompson lo miró, enojada.

—¿Cómo está Allin, tu amigo? —preguntó—. ¿Más sobrio?
—Nunca tomó un trago en su vida —dijo Thompson, sombrío, sentándose—. Tendría que haber ido allí hace tres horas.
—Pero ha estado llamando todas las noches durante seis semanas y tu has ido allá diez noches por lo menos para quedarte con él y no pasó nada.
—Necesita ayuda. Puede hacerse daño a sí mismo.
—Estuviste con él hace dos noches, no te puedes pasar la vida cuidándolo.
—Lo primero que haré mañana a la mañana será llevarlo a un sanatorio. No quiere ir. Por otra parte parece tan razonable.

A las diez y media se sirvió el café. Herb Thompson lo bebió lentamente, mirando el teléfono. Me pregunto si estará todavía en el sótano, se dijo.

Herb Thompson fue al teléfono, pidió larga dis­tancia, dio el número.

—Lo siento —dijo el operador—. Las líneas se han caído en ese distrito. Cuando las reparen, transmitiremos la llamada de usted.
—¡Se cayeron las líneas! —exclamó Thompson. Dejó el teléfono. Volviéndose, abrió bruscamente la puerta del guardarropa y sacó la chaqueta—. Oh, Señor —dijo—. Oh, Señor, Señor —les dijo a los huéspedes asombrados y a la señora Thompson que tenía la cafetera en la mano.
—¡Herb! —gritó la mujer.
—¡Tengo que ir allá! —dijo Herb poniéndose la chaqueta.

El sonido de un leve movimiento en la puerta.

Todos los de la sala se dieron vuelta enderezándose.

—¿Quién puede ser? —dijo la señora Thompson.

El leve movimiento se oyó de nuevo, apenas.

Thompson corrió por el pasillo y se detuvo, escu­chando.

Afuera, débilmente, una risa.

—Maldición —dijo Thompson. Puso la mano en el pestillo, agradablemente sorprendido y aliviado—. He oído esa risa en otra parte. Es Allin. Vino en su automóvil al fin y al cabo. No pudo esperar a la mañana para contarme esas historias disparatadas. —Thompson sonrió de mala gana—. Seguro que se trajo algunos amigos. Parece como si muchos otros...

Abrió la puerta de calle.

El porche estaba vacío.

Thompson no se mostró sorprendido; una expresión de diversión y de timidez le asomó a la cara.

—¿Allin? No es hora de juegos. Entra. —Encendió la luz del porche y miró afuera y alrededor—. ¿Dónde estás, Allin? Vamos, entra.

Una brisa le rozó la cara.

Thompson esperó un poco. De pronto se sentía he­lado hasta los huesos. Salió al porche y miró alrededor, intranquilo y con mucho cuidado.

Un viento repentino le alzó los faldones de la cha­queta, desordenándole el pelo. Thompson creyó oír risas otra vez. El viento rodeó la casa, apoyándose en todas las paredes y luego de alborotar un minuto, se alejó.

El viento murió, triste, quejándose en los árboles al­tos, yéndose, volviendo al mar, a las Célebes, a la Costa de Marfil, a Sumatra y al Cabo de Hornos, a Cornwall y a las Filipinas, desvaneciéndose, desvaneciéndose, des­vaneciéndose.

Thompson se quedó allí un momento, helado. Entró y cerró y se apoyó contra la puerta, y no se movió.

—¿Qué pasa? —preguntó la señora Thompson.


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Édgar Omar Avilés // 6/06/2012 12:32:00 p. m.
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EDUCAL

(Morelia, Michoacán, México, 1980). Maestro en Filosofía de la Cultura (UMSNH), licenciado en Comunicación (UAM-X), y diplomado en la Escuela de Escritores (SOGEM).
Autor de cuatro libros de cuentos: Cabalgata en Duermevela (Ed. Tierra Adentro, 2011. Premio Nacional de libro de cuento Joven "Comala" 2011), Luna Cinema (Ed. Tierra Adentro, 2010. Premio Nacional de Libro de Cuento de Bellas Artes "San Luís Potosí" 2008), Embrujadero (Ed. Secretaría Michoacana de Cultura, 2010. Premio Michoacán de Libro de Cuento "Xavier Vargas Pardo" 2010) y de La Noche es Luz de un Sol Negro (Ed. Ficticia, 2007. Mención de honorífica en el Premio Nacional de Libro de Cuento Agustín Yáñez 2004, de una novela: Guiichi (Editorial Progreso, 2008) y de un libro de ensayo "La VALÍStica de la realidad (abordaje de lo real en la novela VALIS, de Philip K. Dick (Ed. Secretaría Michoacana de Cultura, 2012. Premio Michoacán de Ensayo "María Zambrano" 2012).
También ha ganado los premios de cuento "Magdalena Mondragón" 2006, Premio Binacional de Cuento México–Québec 2003, premio de Cuento Breve de la Revista Punto de Partida 2002, entre otros. Está seleccionado en una veintena de antologías, entre ellas en las ediciones 2004 y 2005 de Los Mejores Cuento Mexicanos (Editorial Joaquín Mortiz). Becario de Jóvenes Creadores del FONCA 2009-2010 (en cuento), y 2011-2011 (en novela). Premio al Mérito Artístico Juvenil de Morelia 2007 y de Michoacán 2009. Premio a la Trayectoria Literaria “José Tocavén Lavín” 2010 .



PUBLICACIONES EN ANTOLOGÍAS


Bella y Brutal Urbe, Ed. Resistencia, 2013, antólogo.

Antes de que las letras se conviertan en arañas, Ed. Instituto Mexiquense de Cultura, Agosto 2006, antólogo.

Revista Punto de Partida: Nueva narrativa michoacana, Ed. Punto de Partida, 2013. Selección y prólogo.
El canto de la salamandrea, Ed. Arlequín, 2013, Rogelio Guedea.
Lados B 2013, Ed. Nitro/Press, 2013, Mauricio Bares.
Alebrije de Palabras, Ed. BUAP, 2013, José Manuel Ortiz Soto y Fernando Sánchez Clelo.
Minibichario, Ed. Ficticia, 2012, José Manuel Ortiz Soto.
Dulces batallas que nos aninam la noche, Ed. Colectivo Paracaídas, 2011, Alejandra Quintero.
Turbulencia Dosmilonce, Ed. Ficticia, 2011. Antólogo: Alfredo Carrera.


Lenta Turbulencia, Ed. Jus, 2010. Atahualpa Espinosa, Alfredo Carrera, Luis Miguel Estrada y Édgar Omar Avilés


Los Viajeros, Ed. SM, 2010. Antólogo: Bernardo Fernández BEF


Negras intenciones, Ed. Jus, Noviembre 2009. Antólogo: Rodolfo J.M.


Letras en Guardía IV, Ed. SSP y Secretaría de Cultura de la Ciudad de México, Noviembre 2009. Antólogo: Atahualpa Espinosa.


Yo no canto, Ulises, cuento, Ed. Fósforo-Conarte Nuevo León, Noviembre 2008. Antólogo: Javier Perucho


Grageas, Ed. Desde La Gente, Diciembre 2007.Antólogo: Fernando Reyes


Fantasiofrenia II, Ed. Libera, Octubre 2007. Antólogo: Fernando Reyes


Cupido Negro, Ed. Café literario, Abril 2007. Antólogo: Manuel Candás


Los Mejores Cuentos Mexicanos 2005 Ed. Joaquín Mortiz, 2005. Antólogo: José Manuel Prieto


Los Mejores Cuentos Mexicanos 2004 Ed. Joaquín Mortiz, 2004. Antólogo: Eduardo Antonio Parra


Novísimos cuentos de la República Mexicana Ed. Tierra Adentro, 2005. Antólogo: Maira Inzunza


Pragmatáfora, Ed. Sogem/Deescritura, 2004. Antólogo: Fernando Reyes

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